La vida en las alturas ofrecía ventajas que los incas supieron aprovechar con inteligencia. Las montañas les brindaban protección natural, control sobre los caminos y acceso a una enorme variedad de ecosistemas. Para vencer la pendiente de los Andes, desarrollaron un sistema de terrazas agrícolas que no solo evitaban la erosión, sino que también creaban microclimas perfectos para diferentes cultivos.
Incluso ahora, si se observan con atención los andenes de Pisac o de Moray, uno se puede imaginar a esos ingenieros de la antigüedad midiendo la inclinación, el drenaje y la orientación del sol; esa sabiduría permitió que el valle alimentara a miles de personas, incluso, sin nunca agotar la tierra.
