Los pueblos del antiguo Perú, mucho antes de la llegada de los conquistadores españoles a los Andes, habían recibido un relato sagrado de las culturas que los precedieron, correspondiente al origen de su civilización, una historia rica en simbolismos, dioses y que mantenía a su vez una simbiótica relación cultural con la naturaleza. Esta historia servía para explicar el origen del orden social, justificar el poder político y transmitir valores morales que regulaban la vida en común.
Emergiendo de las aguas del Titicaca, traían una varita de oro, un artefacto que se utilizaba para guiarles hacia la tierra elegida por el propio Inti; no únicamente señalaría el punto indicado, sino que avalaba su poder como enviados de los dioses; era símbolo de la fecundidad de la tierra, del poder del espíritu y de la llegada directa del cielo a la vida de los hombres.

